Gobernar en tiempos de cambio
Hay algo fascinante en revisar los registros de un ayuntamiento de hace más de cien años. Las actas, los decretos, las minutas… son la huella cotidiana del poder: pequeñas decisiones que, sumadas, terminan cambiando el rostro de una ciudad.
Cuando comencé a investigar la presidencia municipal de mi bisabuelo Alberto E. Delgado, no esperaba encontrar tanto. Su periodo al frente del ayuntamiento de Ciudad Juárez —en realidad varios periodos breves entre 1921 y 1922— fue fragmentado. Pero las acciones que emprendió durante esos meses hablan de un hombre que entendió el momento histórico que le tocó vivir.
Este artículo recorre las principales acciones de su administración: qué hizo, por qué importó, y cómo aquellas decisiones —algunas aparentemente menores— contribuyeron a construir la ciudad que hoy conocemos.
Una presidencia en fragmentos
Antes de hablar de lo que hizo, vale la pena entender cuándo gobernó. Alberto E. Delgado no tuvo una sola presidencia continua, sino varios periodos intercalados a lo largo de casi dos años:
- 5 al 19 de enero de 1921
- 23 al 27 de septiembre de 1921
- 7 de noviembre al 16 de diciembre de 1921
- 26 de diciembre de 1921 al 23 de enero de 1922
- 9 de febrero al 27 de septiembre de 1922
Esa fragmentación era característica de la política municipal posrevolucionaria: inestabilidad, presidentes interinos, cambios abruptos. Que en ese contexto Delgado lograra impulsar tantas iniciativas dice mucho de su capacidad para actuar con rapidez.
El Juárez que recibió
En 1921, Ciudad Juárez era una ciudad en plena ebullición. La Revolución Mexicana había dejado cicatrices profundas: infraestructura dañada, finanzas municipales deterioradas, instituciones debilitadas. Pero también había dejado una oportunidad: la de reconstruir, reorganizar, modernizar.
Desde el norte llegaba una corriente inesperada de prosperidad. En enero de 1920, Estados Unidos había aprobado la Ley Volstead —la famosa Ley Seca— que prohibía la producción y venta de alcohol en todo el país. Los paseños cruzaban sedientos a Ciudad Juárez. Los restauranteros estadounidenses también se mudaron a territorio mexicano, tan solo para ofrecer a su clientela comidas con cerveza, vino o champaña, que de la noche a la mañana eran un lujo en Estados Unidos.
Y con los turistas llegaban sus automóviles. Las calles de Juárez —muchas recién pavimentadas— comenzaban a llenarse de vehículos a una velocidad que nadie había anticipado. La ciudad que Delgado recibió era ruidosa, caótica, llena de energía y completamente necesitada de orden.
El reto no era atraer visitantes — llegaban solos. El reto era organizar una ciudad que no estaba lista para recibirlos.
Y en ese contexto —con periodos de gobierno interrumpidos, con un gobernador interino al frente del estado (el Lic. Rómulo Alvelais), y con la sacudida nacional que representó el asesinato de Francisco Villa en Hidalgo del Parral— Delgado tomó decisiones que todavía podemos rastrear en la ciudad.
Principales acciones durante su administración
Las primeras placas: poner orden al caos del automóvil
Fue Alberto E. Delgado quien propuso al Cabildo identificar con placas todas las unidades motrices que circulaban por la ciudad — y de paso obtener recursos para reforzar las finanzas municipales.
Los regidores aprobaron la norma: a partir del 8 de diciembre de 1921, todos los automóviles de residentes en la frontera debían obtener su placa en el Municipio. Las placas costaban 8 pesos y tenían vigencia de un año. Para dimensionar: en aquellos días un automóvil costaba en promedio 1,200 pesos, y el tranvía cobraba dos centavos por viaje.
La primera edición fue de 1,900 matrículas impresas en cuadros de hojalata, mandadas a hacer en Estados Unidos, con uso obligatorio a partir del 1 de enero de 1922. La demanda fue tal que al año siguiente ya se tuvieron que emitir 4,000 placas para cubrir el parque vehicular de los habitantes, sin contar los visitantes.
Esos visitantes también representaban una oportunidad: el ayuntamiento aumentó a 30 centavos la cuota que pagaban los automovilistas por cruzar de ida y vuelta el Puente Internacional de la avenida Juárez.
Era la semilla de algo que hoy damos por sentado: el Estado conociendo y regulando el espacio público. El Ayuntamiento de Juárez mantendría ese control vehicular hasta 1966, cuando fue asumido por el Gobierno del Estado.
Tívoli Garden y Keno: apostar por el turismo nocturno
La Ley Seca no fue solo una curiosidad histórica. Fue el motor económico más poderoso que Ciudad Juárez había tenido hasta entonces. Y el ayuntamiento presidido por Delgado lo entendió antes que nadie.
Durante su administración se autorizó la instalación de los primeros dos casinos formales de la ciudad:
- El Tívoli Garden — complejo de entretenimiento con salón de baile, área de juegos y jardines
- El Casino Keno — enfocado en los juegos de azar que tanto atraían a los visitantes del otro lado
Al poco tiempo aparecerían El Palenque, Green Lantern y el Central Café. También se instalaron destilerías y fábricas de cerveza: la Cervecería Juárez, The Western Distillery, y las destilerías D&M y D&W, estas dos últimas provenientes de Kentucky.
Ese mismo año de 1921 abrió sus puertas el cine Alcázar y se organizó el primer Carnaval de Ciudad Juárez. La ciudad no solo se abría al turismo nocturno — se abría al entretenimiento en todas sus formas.
En 1921, el presidente de la Sheldon Hotel Company declaró a la prensa de El Paso que “Ciudad Juárez es nuestro capital más grande y apenas empezamos a comprenderlo.”
No todo fue sencillo. El Jefe de Migración llegó a ordenar el cierre del Puente Internacional, comunicando al Municipio que se reabriría hasta que los juegos fueran retirados de los establecimientos. El Municipio accedió — obligado por la situación económica — pero la tensión habla de lo delicado que era el equilibrio entre el auge turístico y las presiones políticas de la época.
Para finales de la década, Juárez llegaría a recibir hasta 400 mil visitantes por año. Era el inicio de lo que muchos historiadores llaman la época dorada del turismo fronterizo — tan similar, dicen las crónicas, a la del Las Vegas de décadas después.
Educación: alfabetización, enfermeras y nuevas escuelas
En medio del auge turístico y el crecimiento económico, la administración de Delgado también miró hacia adentro — hacia los juarenses que más lo necesitaban.
En la Escuela Bellavista —ubicada en las calles Arteaga y Azucenas, un edificio que todavía existe aunque con otra estructura— se autorizó un plantel para alfabetizar a la población adulta sin acceso a educación formal. Una medida que en el México posrevolucionario era tanto una acción social como un gesto de alineación con el proyecto nacional de construcción del país moderno.

Pero quizás la iniciativa educativa más notable fue la creación de una Escuela de Enfermeras — la primera de su tipo en la ciudad. En un Juárez que crecía rápido y recibía miles de visitantes, contar con personal de salud capacitado no era un lujo sino una necesidad urgente. Que el ayuntamiento apostara por formar enfermeras habla de una visión que iba más allá del siguiente trimestre fiscal.
Además, durante este periodo se anunció la apertura de una escuela de enseñanza particular —el Liceo Benito Juárez— y de otra de carácter federal, ampliando la oferta educativa de la ciudad en varios frentes al mismo tiempo.
Nomenclatura, calles y la calzada 5 de Febrero
Una ciudad que crece necesita orientarse. Sin un sistema coherente de nombres y numeración, el crecimiento urbano se convierte en caos. Durante la administración de Delgado, el ayuntamiento emprendió una reorganización sistemática del espacio urbano.
Las calles recién pavimentadas fueron rebautizadas con nombres que reflejaban la nueva identidad posrevolucionaria:
- Al callejón entre Ferrocarril e Internacional → Justo Sierra
- A la calle entre La Paz y Vicente Guerrero → Corregidora
- La Calle 23 → Áquiles Serdán
- La Calle 2ª del Panteón → Coronel Miguel Ahumada
- Se abrió la calle Noche Triste por el extremo norte hasta la calle Ugarte
Se ordenó además una nueva nomenclatura y numeración general de toda la ciudad. Y se iniciaron los trabajos de conformación de la calzada 5 de Febrero — una apuesta por conectar el centro histórico con las nuevas zonas de expansión. Décadas después, esa calzada seguiría siendo una arteria fundamental del tejido urbano juarense.
Servicios públicos: el lado humano de la gestión
En una ciudad enfocada en el turismo y el comercio, el ayuntamiento también pensó en los juarenses más vulnerables.
- Se adquirió una carroza fúnebre municipal para brindar servicio digno a familias sin recursos, a quienes también se les proporcionaban ataúdes gratis
- Se levantaron las bardas del Panteón Municipal, ubicado en la colonia Chaveña
- Se insistió al gobierno federal para que realizara obras de defensa del Río Bravo y evitar una inundación inminente
- Se iniciaron trabajos para incorporar la isla de Córdoba a la vida activa de la ciudad
Garantizar una muerte digna para quienes no podían pagarlo, en una ciudad que nadaba en ingresos turísticos, es un detalle pequeño pero humanamente significativo.
Finanzas: recaudar con inteligencia
Las finanzas municipales durante este periodo fueron, por primera vez en mucho tiempo, robustas. La administración supo aprovecharlas con criterio.
Por un lado, se autorizó una reducción del 20% en los impuestos generales — un alivio para comerciantes y residentes en plena reconstrucción posrevolucionaria. Por otro, se creó un nuevo impuesto sobre las pianolas y pianos automáticos de los comercios locales — en aquellos años, la única alternativa para ofrecer música a los clientes. Una forma ingeniosa de gravar el entretenimiento comercial sin afectar a la población en general.
El Oficial Mayor: modernizar desde adentro
La reforma más silenciosa, pero en cierto modo la más reveladora, fue la creación del cargo de Oficial Mayor de la Presidencia Municipal, que recayó en René F. Grisanti.
En una época donde muchos ayuntamientos del país seguían funcionando de manera informal e improvisada, Juárez dio un paso hacia la institucionalización: el gobierno municipal debía tener memoria, organización y continuidad más allá de las personas que lo ocuparan.
La mejor herencia que puede dejar un gobierno no son sus obras físicas sino sus instituciones. Las calles envejecen, los edificios se derrumban. Las estructuras bien diseñadas perduran.
¿Qué nos dice todo esto?
Mirar la administración de Alberto E. Delgado a más de cien años de distancia es un ejercicio de humildad histórica. No fue un gobierno revolucionario ni transformador en el sentido épico. Fue, en cambio, algo quizás más valioso: un gobierno eficaz en un momento de caos.
Las placas vehiculares, los casinos, las calles reorganizadas, la Escuela de Enfermeras, la Escuela Bellavista, la carroza fúnebre, el Oficial Mayor… ninguna de estas decisiones por sí sola cambió el destino de la ciudad. Pero juntas pintaron el retrato de una administración que entendió su contexto, tomó decisiones pragmáticas, y dejó a Juárez un poco más ordenada de como la encontró.
Para mí, como bisnieto, hay algo conmovedor en descubrir todo esto. No a través de la memoria familiar —esas historias se perdieron con el tiempo— sino a través de los registros públicos, los decretos, las actas del ayuntamiento. El rastro documental de alguien que gobernó, que decidió, que construyó.
La historia de las ciudades no la hacen solo los grandes hombres o los grandes eventos. La hacen también estas decisiones cotidianas, estos funcionarios que un día tuvieron que elegir: dejar las cosas como estaban, o intentar mejorarlas.
Mi bisabuelo eligió intentarlo.
Continuará
En el siguiente capítulo exploraremos cómo la Época Dorada del turismo fronterizo convirtió a Ciudad Juárez en el destino de entretenimiento más vibrante de América del Norte — con 400 mil visitantes al año, celebridades de Hollywood, y una avenida Juárez que no dormía.
Continuará…